El esfuerzo de rellenar la olla

Muchas banderas y trapos rojos aparecieron colgados en las puertas rústicas, en las ventanas rotas, en las paredes desportilladas y en los muros de adobe de las casas abatidas por la pobreza. En Cartagena, estas banderas sacudidas levemente por la brisa invernal son iconos del hambre.

La cuarentena forzada, necesaria en muchos casos, está condenando al hambre a los más pobres; a aquellos que comen el pan de cada día con el trabajo diario. Para ellos, el confinamiento es atroz. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, pronostica que como consecuencia del COVID-19, el hambre puede atacar a 100 millones de personas más.

Pero también las banderas rojas son el presagio de una clase media que se derrumba: de una clase media y media-baja que palidece a causa del encierro que ya supera los dos meses. Según el DANE, la clase media colombiana es una población heterogénea de alrededor de 15 millones de personas. El grupo está formado por empleados o trabajadores del sector formal, regularmente en los estratos tres y cuatro, y propietarios de micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyME), que se han visto afectados con la perdida de sus empleos o de las ganancias que periódicamente obtenían.

Estamos ante “una epidemia espeluznante solo para pobres”, como dice Martín Caparrós. “Necesitamos ayuda para comer”, es el mensaje de las banderas carmines. Es el límite del hambre.  No es solo una estrategia local. Se ha propagado en varios confines pobres de América Latina desde que se desató la crisis sanitaria provocada por el COVID-19. Sus colores varían por la región: rojas, blancas o negras, como presagio de la mortandad.

El combate entre el hambre, la olla y el cucharón

En medio de la incertidumbre sobresalen peculiares casos de hermandad entre los estómagos vacíos. Por ejemplo, en Villa Gloria, barrio semiurbano de Cartagena, se dan cita alrededor de una olla comunitaria decenas de familias que unieron fuerzas para que nadie en su comunidad se vaya a la cama sin probar bocado.

Las ollas comunitarias se han convertido en un recurso de autogestión que responde a una de las necesidades más básicas que tenemos: comer. Ante la crisis sanitaria y social que vivimos por cuenta del confinamiento decretado, los esfuerzos que adelanta la Alcaldía para entregar las ayudas alimentarias se quedan cortos; a pesar de que al cierre de esta edición han repartido 95.271 ayudas, entre mercados y bonos de supermercado, para la población vulnerable, las necesidades de las familias que todavía esperan superan sus acciones.

Gloria Sánchez, presidenta de la Junta de Acción Comunal de Villa Gloria, señaló que a punta de gestión particular de recursos y aportes en especie realizados por organizaciones, amigos y la misma comunidad es que se ha podido entregar mercados y crear las ollas comunitarias para ayudar a las familias vulnerables. “Cada día es un reto obtener los insumos, pero las personas altruistas y bondadosas gracias a Dios siempre aparecen para bendecirnos”, sostuvo.

Juan Simancas, habitante del barrio, manifiesta que se han organizado con el grupo de ediles, líderes comunales, habitantes del barrio y algunas corporaciones y fundaciones, para mantener actualizado un chat de ayudas con el que hacen seguimiento a los aportes que mitigan el hambre de las familias.

Cortesía: Caracol Radio.

En las inmediaciones de Villa Gloria queda La Boquilla, un barrio pesquero cuyos residentes cuentan con una mejoría leve en sus condiciones de vida. Aquí las personas, la mayoría pobres, responden al llamado de los gestores sociales en los chats de WhatsApp: “Mañana llevaremos algunas presas y bastimentos, gracias por la información”.

Esta ayuda mutua, desperdigada entre varios barrios periurbanos, se está replicando en diferentes sectores de la ciudad. En estos se refuerza el tejido solidario que han heredado de sus abuelos. Es la lógica de “el pueblo salva al pueblo”.

En Villas de Aranjuez, por ejemplo, en días pasados los líderes cívicos fueron de tienda en tienda a pedirle a los comerciantes ayudas para hacer una actividad denominada ‘Sancochatón’, con la que dieron sopas y arroz a cerca de 100 familias.

Así mismo, un grupo de jóvenes busca incentivar la colaboración y la integración de los ciudadanos en tiempos de pandemia acatando las normas de prevención y de distanciamiento social. Para eso, busca organizar 300 ollas comunitarias en las tres localidades gracias a la recolección de alimentos entre vecinos y miembros de estas comunidades.

En medio del hambre, basta con un gesto solidario que transmita esperanza. No es una novedad que hasta ahora nos demos cuenta de lo vulnerables que somos como sociedad. Cartagena como ciudad turística y con el segundo Puerto más importante del país, es la ciudad con mayor nivel de pobreza entre las 7 principales ciudades capitales de Colombia, según el Informe de Calidad de Vida de Cartagena Cómo Vamos correspondiente al año 2018.

Mantenemos una tendencia decreciente en los niveles de pobreza de los habitantes luego del aumento en 2016; y sin lugar a duda esta pandemia empeorará las cifras. Más de 268 mil cartageneros, es decir, el 26% de la población, viven en condición de pobreza y 35 mil personas, equivalentes a un 3%, viven en la indigencia. De esta cifra, 35.229 personas no obtienen ingresos mensuales mínimos de 117.605 pesos, que es una cantidad estresante cuando las necesidades aumentan en el confinamiento.

Esto se evidenciará en unos meses cuando se actualicen los indicadores de lo que perciben los ciudadanos. En la ciudad el 27% de los cartageneros se reconoce como pobre; el porcentaje asciende a 43% en las islas de Barú y Tierrabomba. Estas cifras corresponden a una muestra de encuestados por Cartagena Cómo Vamos para la elaboración del informe de Percepción Ciudadana 2019.

En el período de estudio, el 25 % de los encuestados manifestaron que al menos un miembro de su hogar tuvo que comer menos de tres comidas diarias porque no había suficientes alimentos. Hoy la situación ha empeorado. En este punto, las banderas rojas evocarán entonces los pensamientos de Umberto Eco: “el símbolo es un signo cuyo significado desborda al significante”.

En manos de la sociedad civil, empresa privada y actores individuales articulados con la administración, está el bienestar de cientos de familias; de nosotros depende el amparo de quienes mas nos necesitan en este momento. Juntos lograremos superar la crisis y devolverle a la humanidad el amor que necesita para confiar en el otro.

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