Gabo y el redescubrimiento del Magdalena

La realidad pictórica de los poblados ribereños del Caribe colombiano, el Macondo semificticio y el río Grande de la Magdalena fueron elementos claves de la obra del hoy conmemorado Gabriel García Márquez, Gabo para los amigos. Quizás la cumbre de sus reflexiones literarias se dio en el Magdalena, cuyo extenso río protagonizó obras como El amor en los tiempos del cólera y El general en su laberinto. Hoy rendimos homenaje al escritor y a la vertiente, que nos hicieron enamorarnos del realismo mágico.

Los ávidos lectores consideran a Macondo como un pueblo ficticio que en Cien Años de Soledad (1967) se describe como “una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos…”. También hace presencia en otras obras como La Hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961), Los funerales de la mamá grande (1962) y La mala hora (1962). En la realidad, Macondo sí existe. Lo conforma un caserío que reclama inversiones en salud, educación, agua potable, energía y en todo lo que conlleva mejorar su calidad de vida.

Macondo se ubica en la orilla izquierda del río Sevilla, una vereda de dos únicas calles y  poco más de 50 casas que se anegan cuando el río se desborda por las lluvias. Fue fundada en 1982 y pertenece al corregimiento de Guacamayal, en la Zona Bananera del Magdalena. Al ingresar fácilmente se identifica un letrero de tonos rojos y azules que consigna “Tierra de inspiración que dio origen al mágico mundo macondiano. Tierra fértil, próspera y bendecida por Dios”.

En el pueblo de Macondo, son muchos los extranjeros que llegan a visitarla atraídos por la referencia de García Márquez en sus libros. El nombre lo tomaron del árbol Macondo y se distingue por su largo tronco sin ramas y que pierde las hojas entre noviembre y mayo, en la época seca. Es un árbol parecido a la ceiba, forma parte de la familia de las bombáceas y puede tener una altura de más de 20 metros.

El río Sevilla se desprende de la arteria fluvial del Magdalena. En sus aproximaciones se ha dado el desarrollo de diversos pueblos en Colombia. Al igual que Macondo, estos han basado su economía, subsistencia y cultura al agua. Si lo miramos en retrospectiva, las grandes culturas nacieron y prosperaron junto a los ríos: la China, a orillas de los ríos Amarillo -Huang- y Azul -Yangtsé-; el Eufrates, el Tigris y la Egipcia, a orillas del Nilo; la India, con el Indo y el Ganges; la Mesopotámica y la Hebrea, en las inmediaciones del Jordán; el río Grande al norte, el Amazonas al sur y el Chicamocha para la cultura Muisca, en nuestra región.

Orlando Fals Borda define como «culturas anfibias», a todo aquel lugar donde sus pobladores aprendieron a vivir de la pesca y pasan los secretos del agua entre generaciones. En el Magdalena, que “nace entre gente enruanada y muere entre gente descamisada”, como citaba Ernesto McCausland, sus pobladores han aprendido a aprovechar la migración estacional de los peces, ubicar los sitios con más afluencia de peces y constituirla como la principal actividad de su subsistencia.

Gabo, lo redescubrió desde su primer viaje, en 1943, cuando quedó fascinado con las culturas y la vida a su alrededor. Ahí, de frente al raudal de sur a norte, el que fuese la principal ruta fluvial de principios del siglo XIX, surgió la inspiración, pero también la denuncia. 

El escritor recreó la huella humana sobre la vertiente por medio de la historia de Bolívar en El general en su laberinto (1989): “En algunos recodos de la selva se notaban ya los primeros destrozos hechos por las tripulaciones de los buques de vapor para alimentar las calderas. ‘Los peces tendrán que aprender a caminar sobre la tierra porque las aguas se acabarán’, dijo él (Bolívar)”.

El escritor describió los momentos de grandeza y miseria de la vertiene en El amor en los tiempos del cólera (1985): “Fermina Daza tuvo la impresión de que era un delta poblado de islas de arena. —Es lo poco que nos va quedando del río— le dijo el capitán. Florentino Ariza, en efecto, estaba sorprendido de los cambios, y lo estaría más al día siguiente, cuando la navegación se hizo más difícil, y se dio cuenta de que el río padre de La Magdalena, uno de los grandes del mundo, era solo una ilusión de la memoria”.

Aún en sus memorias, el escritor se apoderó del río: “Hoy el río Magdalena está muerto, con sus aguas podridas y sus animales extinguidos. Los trabajos de recuperación de que tanto han hablado los gobiernos sucesivos que nada han hecho, requerirían la siembra técnica de unos sesenta millones de árboles en un noventa por ciento de las tierras de propiedad privada, cuyos dueños tendrían que renunciar por el solo amor a la patria al noventa por ciento de sus ingresos actuales” (Vivir para contarla, 2002).

El río Magdalena hoy está roto, herido, y su diversa fauna amenazada. Los 596 municipios que lo rodean, distribuidos entre 18 departamentos, son golpeados directamente por los pocos esfuerzos de desarrollo sostenible que se deberían impulsar desde el gobierno Nacional. Hoy su cuenca es vista como un recurso infinito y una autopista por la que navega el 85 por ciento del Producto Interno Bruto, el 92 por ciento de la producción agrícola, el 72 por ciento de la ganadera y el 62 por ciento de la energética. 

El río es más que el lugar para plantar hidroeléctricas y embalses, o la vía de transporte, o el desagüe de las grandes empresas y multinacionales del país. En Macondo (el de nuestra realidad), como en Aracataca, Ceisbale, Ciénaga, Olleta y otros pueblos, veredas y municipios, sus habitantes piden acciones para mitigar la pobreza, contar con infraestructura hospitalaria, de agua potable y saneamiento básico, educativa, entre otros; pero sobretodo piden que se respete y le sea devuelta la vida al río que inspiró al nobel de literatura Gabriel García Márquez.

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