William Ospina: “Este era un país fundado en la agricultura, hasta que lo abandonaron”

William Ospina es un escritor y ensayista colombiano, considerado uno de los poetas y ensayistas más destacados de las últimas generaciones. Este autor tolimense, transmite en su mirada un deseo incansable de contar las historias de una América principalmente aborigen y sus misterios.

Ospina siempre será considerado un ser curioso y angustiado por lo que sus antepasados dejaron de hacer. Por eso, la violencia que ha azotado a Colombia por décadas hace parte de la mente y cuerpo del literato a diario. ¿Dónde está el sentido de idea de progreso que no se ve? ¿Cuál es el poder operante en la vida humana? ¿Cuándo decidimos tomar otro rumbo? Estas dudas lo carcomen.

Para él, en el mundo existe una insatisfacción muy grande, que nace porque la gente no se siente bien gobernada; la naturaleza está siendo maltratada; no encontramos empleo y el clima está cambiando.Asegura que ha sido partidario de todos los procesos de paz que nos han propuesto en los últimos años, pero que es una exageración llamarlo “paz”. “La paz se hace cuando se reconoce la importancia y el valor de la ciudadanía y unos campesinos pacíficos que llevan años esperando un empleo, salud, educación y no reciben ninguna recompensa por ello”, sostiene.

Las concepciones del desarrollo rural contenidas en las políticas públicas están demasiado lejos de la realidad. La brecha existente entre campo y ciudad sigue abierta; las desigualdades han provocado que los ciudadanos que habitan tradicionalmente los territorios rurales migren hacia las capitales en busca de oportunidades. El desarrollo rural está estrechamente relacionado con los procesos de paz y con la política frente al narcotráfico; la guerra cada día sigue siendo más cruda en el campo y ha generado inequidad, resentimiento y pobreza. Son históricas e incontables las demandas por unas condiciones de vida dignas para los campesinos en materia de educación, empleo, energía, saneamiento y agua que todavía no han sido cumplidas.

Ospina ha tratado de darle respuesta a estos fenómenos casi inexplicables. En su vida académica se ha interesado por la historia y el análisis social y político de Colombia y Latinoamérica. En su obra lo ha reflejado: ensayos como La nueva cara del planeta latino, Los deberes de la América Latina, Lo que le falta a Colombia, ¿Dónde está la franja amarilla? y Lo que está en juego en Colombia, son la evidencia. En el marco del Hay Festival 2020, celebrado en Cartagena, tuvimos la oportunidad de conocerlo y conversar sobre una parte de la historia rural que cuenta en sus libros, siendo Guayacanal el más reciente. Los invitamos a leer la entrevista a continuación.

En Guayacanal usted menciona una etapa de paz que pocos conocen ¿Cree posible regresar a un momento como ese?

WO: Yo no creo que la paz sea un milagro, creo que depende de unas condiciones. En esos años del país campesino, las condiciones se dieron porque cada quién tenía lo suyo y los campesinos eran dueños de su pequeña parcela. Nadie sentía que no tenía futuro porque tenían lo necesario. Cuando la gente empieza a pensar que no es el más rico del mundo, es ahí que se distorsionan los valores y principios; entonces, para que haya paz se necesita una sociedad con una economía incluyente que abarque al campo.

La Colombia que usted presenta en su obra, ¿se extinguió completamente?

WO: En parte se extinguió, este era un país fundado en la agricultura hasta que la abandonaron porque iban a industrializarlo, pero eso nunca pasó. Fue ahí cuando empezó el desempleo y la gente creció en la marginalidad. Pero no se extinguió; yo siento que la nobleza y bondad de la gente sigue ahí. Yo conozco mucha gente, sobre todo la gente más pobre, a la que le gusta hacer las cosas bien. Hacer las cosas bien es el secreto para que un país funcione.

En Guayacanal hay mucha imagen de senderos, de campo, de mucha ruralidad, mientras el planeta ya padece el hecho de que haya más zonas urbanas que rurales. ¿Cómo ves a la ruralidad colombiana ahora?

WO: Contando la historia de mis bisabuelos, me he encontrado con la historia de cómo se construyó en Colombia la historia de un país campesino y cómo, durante más de un siglo, ese país campesino vivió en paz, fundado en el trabajo, en la familia, en la hospitalidad, en el respeto de unos valores muy sencillos pero muy poderosos, y cómo la violencia política de los años 50 destruyó ese mundo, arrojó a miles de campesinos a las ciudades y comenzó el proceso de la historia contemporánea colombiana.

Cuando arrojo esta mirada sobre el mundo campesino, no solamente estoy mirando un fragmento de la historia de Colombia, sino un fragmento de la historia contemporánea en la cual se formuló un proyecto que estaba en el trasfondo incluso de la violencia colombiana, según el cual habían unas naciones que ya alcanzaron unos niveles de progreso que las convertían en paradigmas de lo que toda nación debía aspirar a alcanzar. Entonces debíamos darle la espalda al mundo agrario y al mundo campesino. A la naturaleza. Teníamos que incorporarnos a esa búsqueda del progreso y del desarrollo en un sentido puramente urbano, industrial, consumista. Y ahora estamos en un momento de quiebre porque ya sabemos que ese modelo de desarrollo es el que está matando al planeta.

Hoy en día el campesino no ha sido considerado como sujeto de acciones de desarrollo y en muchas ocasiones sus saberes rurales son menospreciados. Difícilmente son reconocidos cuando reclaman sus derechos y las promesas políticas no se concretan en acciones como la compra de sus cosechas o el mejoramiento de las condiciones de vida.  Debemos dar un vuelco y recuperar el campo.

En Colombia, el índice de líderes campesinos asesinados durante 2019 alcanzó la cifra de 250. ¿Qué necesitamos como sociedad para arrancar de raíz este mal que nos está quitando vidas?

WO: Hace falta hacer una precisión sobre las víctimas de esta masacre que me parece sistemática, y es que muchos de ellos no son líderes con una filiación política más o menos definida, en términos de izquierdas y derechas, sino que son luchadores por el medio ambiente. Colombia es tal vez hoy el país más peligroso del mundo para los luchadores por el medio ambiente y el fenómeno está atravesado por el hecho de que quienes están asesinándolos son sectores interesados en el saqueo de las aguas, de los bosques o de las minas. Todo eso hace que no veamos ese exterminio como una mera persecución por ideas políticas, sino algo más grave y más profundo: una persecución de defensores de la vida y de la naturaleza contra las pretensiones y las ambiciones de unas mafias, algunas ilegales y otras legales, y un Estado que no tiene claro ese fenómeno. Lo que hay que enfrentar son esas grandes fuerzas que están avanzando sobre la sociedad y que no respetan vida humana con tal de abrirle camino a las rutas de la droga, de la explotación minera o de la deforestación.

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