Los caminos del agua

Estas son diferentes historias de personajes del caribe colombiano y su relación con el agua. Se contaron durante el taller de Edición Literaria que realizó La Feria del Libro de Barranquilla LIBRAQ. Participaron más de 15 personas, entre ellas, uno de nuestros co fundadores.

Primera Historia: Juego de Niños. Por: Alex Durán Macías

Estefanía acomodó sus tres muñecas en el piso y las sentó contra el horcón que sostiene la hamaca donde duerme. Pórtense juiciosas y les traigo regalos. Les habló imitando el tono de voz de su profesora de escuela. Luego saltó a la otra esquina de la hamaca a recoger cuatro tanques vacíos, medio sucios y descoloridos. No había terminado de amarrar los tanques a la silla del burro cuando escuchó unos sollozos que repetían musicalmente un nombre: Taíiina, Taíiina, Taíiina. Una y otra vez. Era su hermanita de tres años que sabía que se quedaría sola en la casa si Estefanía se iba a buscar agua al Jagüey. ¡Ya voy! Gritó. Ahora imitando la voz de su mamá. En una hora estaría regresando de la iglesia y no sería para nada bueno que al volver la encontrara jugando y con los tanques vacíos.

Pensando en los gritos de su mamá, Estefanía ató el último tanque al burro, subió a su hermanita y se fueron rápidamente montaña abajo. Una cabalgata de 15 minutos que se le había convertido en rutina yendo y viniendo todos los días. Durante el recorrido pensaba más en los vestidos que le podría tejer a sus muñecas con las hojas de las palmeras que veía en el camino, que en si su hermanita paró de llorar o si su burro tenía sed. El jagüey está a punto de secarse y ha dejado un rastro de barro alrededor. Estefanía aprendió hace un año, cuando tenía siete, que en estos tiempos de sequía era mejor dejar a su hermanita bajo la sombra del palo de aguacate que, aunque un poquito lejos, era mejor que llorara allí sola que permitir que enterrara sus pies en el barro donde seguro lloraría más fuerte.

Veinte minutos después llenó cada tanque de un agua turbia que atraía mosquitos y donde nadaban guasarapos. Se bañó con la ropa puesta para refrescarse del calor y mojó a su hermana, que ya hace rato había dejado de llorar. Con una fuerza poco común, Estefanía cargó cada tanque y los ató nuevamente sobre su burro con ayuda de un árbol caído que le hizo las veces de escalera. Dos tanques por cada lado del burro. De nuevo subió a su hermana con los mismos movimientos rutinarios para luego subirse ella y galopar, ahora más lento, cuesta arriba. En el camino recogió algunas hojas de palma seca.

Al llegar a su casa la encontró igual, sola y sin su madre. Maíiita. Maíiita. Maíiita. Dijo como para el viento e imitando la voz de su hermanita. La bajó del burro y la dejó en la hamaca. Luego bajó uno a uno cada tanque de agua apoyándose en un taburete y los arrastró, más por pereza que por falta de fuerza, hacia el mismo lugar donde los recogió. Desensilló el burro y llevó las hojas secas donde las muñecas. ¿Se portaron bien? Les traje vestidos nuevos. Les dijo. Esta vez sin imitar ninguna voz.

Segunda Historia: El agua de Palermo Por Natalie Berdugo Cañón

Paso por el puente que siempre me da miedo pasar, ese mismo que en mis sueños se convierte en una clase de montaña rusa o atracción fatal. En 15 minutos el bus traviesa el puente que divide Barranquilla de Palermo y en la mitad de ellos se encuentra, La Magdalena. Una masa de agua imponente, profunda y color tierra que recorre la mitad del país y muere con sus secretos, testimonios y recorridos, aquí en el Atlántico se encuentra con el mar.

Finalmente llegamos a Palermo, caminamos hacia la comunidad de Villa Clarín por un sendero a un lado del río. En sus caños delgados que entran serenos, nos encontramos con la señalización: “cuidado con el caimán”. El calor sofocante, el ambiente húmedo y el sol picante me hacen admirar a los hombres que al parecer trabajan pescando dentro del pequeño caño. Logramos ver las pequeñas y medianas casas de madera o ladrillo y seguimos los caminos de arena. Es domingo y la música de los estancos resuena en unas cuadras, amigos se toman una o varias cervezas, otros prefieren refugiarse del calor dentro de sus casas y algunos se preparan para ir a la iglesia o para reunirse con los demás habitantes. “Yo tomo el agua y no me pasa nada”, me comenta una de las señoras que se encuentra en el grupo que me asignaron para guiar la actividad social, habla del agua que consumen en Villa Clarín. “Algunos la toman, a mi salen manchas en la piel y me dan dolores de estómago” me comenta otra de las mujeres. Rápidamente entiendo lo que hacían los hombres en el pequeño caño, destapaban la motobomba que lleva el agua al pueblo. “Nosotros compramos agua en la tienda, porque el agua que viene del río es muy sucia, la usamos para tomar, cocinar y bañarnos” comenta otra de ellas. “La triple AAA no llega aquí” agregan. Sin duda, comparé mi realidad con la de ellas, me hace recordar el agua que sale de mi grifo todos los días sin ninguna situación, me hace pensar en cuantas veces uso el agua al día, pero aún más importante, me hace analizar cuantas veces en mi día a día no soy consciente de esto.

El agua del río Magdalena continua bajando por un lado de Palermo y desemboca a unos cuantos kilómetros, en Tajamares de Bocas de Ceniza, donde se encuentra con el mar dejando los residuos de todo un país, además de su secretos, testimonios y recorridos.

Tercera historia. 5 segundos. Por Liane Daza

Tomando el vaso entre sus manos, Paul vio, con sus enormes ojos azules, cómo las partículas bailaban hasta asentarse en el fondo del vaso. Contó un minuto con seis segundos hasta que el líquido quedó finalmente cristalino. ¿Cómo son capaces de tomarse esta agua?, ¡un sorbo de esto me puede matar! Viviré a punta de Evian*, pensó irónico.

Habían pasado de dos días desde su llegada a Puerto Colombia, cuando decidió darle la oportunidad al elemento. Llegó de Alemania, su país de origen, donde la calidad del agua era la mineral. Su ironía se hizo realidad, pero con producción de agua nacional. Ya lleva 8 meses y cada dos días llegan botellas plásticas de 3 litros, que se iban acumulando en una gran torre transparente en el patio de su casa. La primera solución a todo el residuo generado, y no confiando en el sistema de recolección de basura del pueblo teniendo tan cerca el mar, fue reciclarlo. Cada mes lo llevaba a Barranquilla
a una empresa que se encarga del proceso.

Hace dos semanas surgió la idea de la reutilización. Conoció a un señor del pueblo que le contó la importancia de estas botellas en su barrio, donde no llega el agua y estas son su sistema de almacenaje, un bien preciado. Cada 15 días vendrán del barrio a recogerlas y repartirlas. Ellos sienten que sus contenedores de agua han mejorado, ahora las partículas demoran después del trayecto de recolección solo 5 segundos para llegar al fondo de la botella.

*Agua mineral natural, obtenida de los Alpes franceses.

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