La Revolución del Agua: El origen de la vida

A nivel mundial, según la Organización de las Naciones Unidas, hay más de 5000 comunidades indígenas distintas en aproximadamente 90 países y existe una diversidad de 7000 lenguas. Las familias indígenas constituyen el 5% de la población mundial, un total de 370 millones de personas. 

Irónicamente, pese a ser tantas, son de las poblaciones más vulnerables y desfavorecidas. Ellas representan el 15 por ciento del total de habitantes en condición de pobreza y pobreza extrema.

En Latinoamérica, aún se mantiene un número significativo de comunidades indígenas. Colombia alberga una alta muestra de ellas. Según cifras del DANE, en el país las comunidades indígenas representan el 4,4 % de la población total, más de 1.900.000 habitantes. 

En su territorio, los líderes saben que no es tarea sencilla emprender la defensa de la tradición e historia étnica. Estos pueblos tienen una rica herencia cultural, por eso, el reconocimiento de sus identidades, su forma de vida y el derecho sobre sus territorios tradicionales y recursos naturales es una lucha constante que han emprendido durante años para prevenir su violación o pedir la reparación como víctimas.

El medio ambiente y los primeros pobladores

En el campo ambiental, cada nación, pueblo o comunidad posee una cultura del agua, representada por un sistema de símbolos materiales e inmateriales, que son el reflejo de la construcción social del espacio por parte de sus habitantes. 

En la zona Andina, por ejemplo, los indígenas han valorado el agua desde una pluralidad de perspectivas: la consideran como deidad de culto, elemento de su cosmovisión, origen de la vida, base de sus sistemas productivos y elemento terapéutico y de sanación espiritual. Sin embargo, las formas de uso han cambiado a raíz de las tensiones originadas por la aparición de elementos foráneos que fragmentan los conocimientos locales.

En el país, el agua es vida, pero también puede convertirse en lápida. La vida se ve representada cuando nace un niño entre indígenas embera: los miembros del pueblo sumergen sus cuerpos en las aguas del río Atrato para desear que el nuevo ser abandone la pereza de su larga estadía en el vientre de la madre. En paralelo, para las mujeres afrodescendientes el mismo acto merece la celebración con botellas de aguardiente mientras lavan la ropa en la orilla. 

La muerte, por otro lado, se asocia a los actores armados que han dejado miles de muertos, desaparecidos y desplazados en el Chocó y que convirtieron al río en el epicentro de la guerra. Guerrilla, paramilitares, ejército, narcos y la explotación salvaje de sus recursos naturales tienen igual responsabilidad sobre el daño ambiental y social ocasionado.

En 2016 una sentencia histórica de la Corte Constitucional producto de una demanda al Estado interpuesta por varias organizaciones que defienden el territorio chocoano, le profirió derechos ambientales al río Atrato. Esto obliga a diferentes instituciones gubernamentales a la “protección, conservación, mantenimiento y restauración” del río y de sus comunidades vinculadas. Pese a ello, hoy en día, se han mantenido las operaciones mineras a cielo abierto, la deforestación a gran escala y los  enfrentamientos entre grupos paramilitares, como las Autodefensas Gaitanistas de Colombia y el Ejército de Liberación Nacional.

En medio de este conflicto, la defensa de los pueblos viste con uniformes variopintos y con un bastón de mando en sus manos. La Guardia Indígena conforma la jurisdicción de las comunidades y además de atender las situaciones de riesgo y de orden interno dentro de las mismas, intermedian con los grupos foráneos para salvaguardar la integridad de su gente. Son una fuerza civil voluntaria y entre sus principios ancestrales no se contempla empuñar armas de fuego.

En Colombia hay alrededor de 50.000 guardias que ejercen el control en más de 1.200 resguardos indígenas. Desde el inicio del gobierno de Iván Duque, la Organización Nacional Indígena de Colombia ha registrado los asesinatos de más de 160 indígenas y más de 550 amenazas colectivas.

Urgen medidas especiales para proteger sus derechos y mantener vivas sus culturas y tradiciones. Urge priorizar la protección y conservación de los cuerpos de agua en el territorio nacional. Urge reconocer que estos tienen historia y un valor simbólico incalculable.

Algunas creencias alrededor del agua

Para los indígenas Guámbianos el agua es vida, primero estaba el agua y la tierra, el agua no es buena ni es mala, pero de ella resultan cosas buenas y cosas malas. En las alturas llovía intensamente, con aguaceros y tempestades, los ríos se desbordaban y provocaban inmensos derrumbes que arrastraban las montañas y llevan a inundaciones, esta era el agua mala.

Los arhuacos conciben el agua como origen, vida, intimidad, virginidad, y su simbología máxima es Atinaboba, representada por una serpiente que vive en el fondo de la laguna del mismo nombre.

En la Amazonia, en el río Amazonas habita la gran serpiente, la anaconda. En varios relatos, la anaconda vomita los primeros hombres. En otros, un hombre mítico se lanza al río huyendo de algún peligro y se convierte en serpiente. También aparece como una fuerza misteriosa y maligna que se esconde debajo del agua.

Para los Desana, el mundo está conformado por agua y selva. Alrededor, el aire se expande entre este mundo natural y el sobrenatural. Cuando una pez boréka, lo que conocemos como truchas, se enamoró de un hombre y cohabitó con él, sus hijos fueron los primeros Desana, quienes se consideran protegidos por el colibrí quien también se identifica con el viento.

La cosmovisión integral y holística de nuestros pueblos indígenas corresponde a un estadio de desarrollo donde la unidad vital con la naturaleza es casi absoluta. En un país tan rico en etnias indígenas, son necesarias políticas que garanticen su autonomía en sus territorios, la conservación y protección de los ecosistemas y la seguridad ante la guerra. Mientras nos acercamos con lento andar a ese objetivo, la sociedad civil debe aportar a visibilizar las problemáticas que amenazan a las comunidades y poner en la opinión pública los debates que sean necesarios para motivar a la transformación de las realidades de pueblos que encuentran en el agua lo más sagrado.


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