La Revolución del Agua: Plantación adentro; el agua y la palma

Anualmente, la demanda mundial de aceite de palma está en 165 millones de toneladas, de acuerdo con el informe Aceite de Palma y Biodiversidad, elaborado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza en el 2018. Se estima que, para el 2050, esta demanda llegue a 310 millones de toneladas, casi el doble de la cantidad actual.

Esta industria, más allá de ser una fuente global de empleo, representa una amenaza contundente al medio ambiente. En los países del sudeste asiático, por ejemplo, las plantaciones de palma se han expandido a una velocidad inimaginable y han destruido bosques tropicales naturales. En esta región, Malasia e Indonesia poseen el 85% de los cultivos de aceite.

En 2019 Noruega se convirtió en el primer país en prohibir el aceite de palma a causa de la deforestación. Además, su Parlamento votó a favor de la compra de biocombustibles que demuestren que fueron producidos en plantaciones trabajadas de manera sostenible. 

En Latinoamérica la palma aceitera está ganando terreno. Por eso creamos este capítulo. Queremos analizar lo que sucede plantación adentro con los cultivos de palma. Manos a la obra.

Esa planta extraña a la que llamamos “Palma”

Más allá de sus usos comestibles, el aceite de palma es empleado en la fabricación de productos oleoquímicos como los ácidos grasos, y en su uso como biocombustibles.

Latinoamérica debido a sus condiciones tropicales y a su territorio extenso, es la opción más viable para convertirse en un potencial escenario de producción masiva de palma.

Si bien Malasia e Indonesia son los principales productores, Colombia, Ecuador, Brasil y Honduras están dentro de los 10 primeros, en el cuarto, séptimo, noveno y décimo lugar respectivamente. En Colombia la palma aceitera se usa para la producción de biodiésel. Este es mezclado con diésel para mover autos y maquinaria que utilizan motores de este tipo.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, en una escala industrial hablamos de que Colombia tiene más de 290.000 hectáreas sembradas, Ecuador más de 240.000, Brasil alrededor de 114.000 y Honduras 64.000. Las cifras aumentan si se incluyen las hectáreas sembradas por los pequeños productores.

De acuerdo con la Lista Roja de especies en peligro de extinción de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, la producción industrial es la amenaza principal para 193 especies en Peligro Crítico, En Peligro o en estado Vulnerable. En Colombia, el mono tití cabeciblanco, por ejemplo, que es considerado en Peligro Crítico, tiene como mayor amenaza las plantaciones de palma en los ecosistemas que habita.

Es sabido que desde los años 20 las plantaciones de palma de aceite existen en Colombia. Entre 1950 y 1960 se promocionaron desde el Gobierno de Alberto Lleras Camargo a través del Instituto de Fomento Algodonero. Sin embargo, fue hasta finales de los 90 que su expansión fue significativa y estuvo acompañada por la ruta sangrienta del conflicto armado en las zonas rurales del país. 

Según datos de Fedepalma, en el año 2000 el área sembrada eran 150.000 hectáreas, mientras que en 2012 ascendió a 450.000, abarcando a 124 municipios de 22 departamentos del país.

Desplazamiento forzado y vigilancia privada

El hecho de que en el Chocó, por ejemplo, hayan sido demostradas judicialmente las alianzas entre 16 empresarios palmeros con paramilitares, es la evidencia de que el auge de las plantaciones de palma aceitera está relacionado con las operaciones paramilitares y compras masivas de tierras despojadas.

Hoy se siguen manifestando las consecuencias de la privatización del territorio por la vía armada. Contemos una historia para ilustrar este punto:

Después de una difícil etapa en la ciudad, Jerónimo decidió volver a su casita en los Montes de María, de donde había huído a inicios del 2000 debido al conflicto armado.

Él regresó con la esperanza de vivir en paz y sanar por la violencia que presenció. Como él, muchos de los habitantes creían que podrían encontrar tranquilidad después de la desmovilización paramilitar del 2007.  

La cruda realidad demostró un año después, en 2008, que el territorio ya no les pertenecía. Llegaron nuevos dueños, con escoltas de dudosa ética, y se cercaron las hectáreas que les despojaron a los campesinos.

El problema de los enfrentamientos entre la guerrilla y los paramilitares había dado paso a la privatización de la tierra. Se sembraron nuevos cultivos, se abrieron nuevos trabajos, se condenaron caminos y se limitó el acceso al agua.

Al poco tiempo Jerónimo aceptó un trabajo en los cultivos de palma, mientras que Cecilia, su esposa, quedaba a cargo de las tareas domésticas y del cuidado de los niños.

Cecilia cree que buscar agua es una tarea titánica. Ella recuerda con nostalgia la época en que no debía caminar durante horas para abastecerse con el líquido, pero ahora los caminos los habían invadido los monocultivos y el cercamiento.

Cargada con una pimpina en cada mano, debe bordear las cercas para llegar hasta los pozos que se hallan en las propiedades privadas y que no se han secado. Solo cuando los dueños están de buen humor les permiten el acceso al agua.

En los Montes de María el agua deja de ser un derecho para usarse exclusivamente en el riego de los cultivos de palma. Los herbicidas, pesticidas y fertilizantes empleados en la palma, terminan por contaminar el agua que también consumen los habitantes.

Tanto Cecilia, como Jerónimo y las cientos de familias que viven en el territorio coinciden en que es un agua sucia que pone en peligro su seguridad alimentaria, pero que es la única con la que cuentan.

Hagamos un paréntesis: Las plantaciones en general acaparan el agua disponible para los campesinos, mientras que el uso intensivo de agroquímicos durante los primeros años de las palmeras es uno de los mayores contaminantes de la fuentes de agua claves para la vida acuática y terrestre. Estas plantaciones suelen situarse cerca de zonas con abundante agua para satisfacer la gran cantidad del líquido que necesitan. 

Volvamos a nuestra historia:

Un día, mientras Cecilia bañaba a su hijo menor se percató de que le habían salido manchas en la piel y peladura en la cabeza no le dejaban crecer el cabello.

Su caso no era el único, las enfermedades cutáneas que se manifiestan con manchas en la piel eran relacionadas por los vecinos con el contacto con el agua. Incluso en poblaciones cercanas con industrias palmicultoras y acceso a los cauces del río, las mujeres lavanderas que introducían sus cuerpos en el agua hasta la cintura, comenzaron a desarrollar enfermedades vaginales. También aumentan las enfermedades renales y digestivas.

Cecilia y Jerónimo son personajes ficticios en una historia real. En los Montes de María, ubicados en la región Caribe, cuentan con fuentes de agua ricas que se están secando o contaminando.

¿La palma afecta a los ecosistemas?

En primer lugar, según la Organización de las Naciones Unidas, el aceite de palma tiene una huella hídrica alta. Hace uso de 5000 metros cúbicos de agua dulce por tonelada, superando a la soja, con 4200, o el maíz, con 2600 litros por tonelada.

En Colombia, hay un total de 65 plantas de beneficio y 7 plantas para la producción de biodiesel que procesan la palma de más de 6.000 productores.

Por otro lado, de acuerdo con el Centro Nacional de Memoria Histórica, se necesitan al menos 75 años para que un cultivo de palma que reemplazó un bosque natural compense la pérdida de ese ecosistema con las emisiones evitadas por el reemplazo de combustibles fósiles.

El metano es la causa principal del cambio climático después del dióxido de carbono. Un artículo publicado en 2018 en Nature Climate Change revelaba que las lagunas creadas por los cultivos de palma en todo el mundo tienen el mismo impacto climático anual que conducir 22.000 automóviles.

La palma también transforma ecosistemas. En el Tapón del Darién, que fronteriza con Panamá, la palma está reemplazando las especies endémicas y causando la pérdida de la biodiversidad.

Además, la Organización Mundial de la Salud informa que la aplicación excesiva de pesticidas y fertilizantes en los cultivos puede causar la infertilidad del suelo al eliminar su capa orgánica.

Entonces, ¿por qué no dejamos de cultivar palma? Sencillamente porque la cura puede ser más dañina que la enfermedad.

En nuestra región, la prohibición del aceite de palma puede aumentar la producción de otros cultivos aceiteros para cubrir la demanda.

En comparación con la palma, el aceite de oliva necesita para su producción 14.500 litros de agua por tonelada, mientras que el de ricino 24.700. También en extensión hay una diferencia considerable: mientras que una tonelada de aceite de palma necesita 0.2 hectáreas para cultivarse, el aceite de canola necesita 1.25 hectáreas, los cultivos de girasol 1.43 hectáreas y los de soya 2 hectáreas.

Hasta ahora, quizás el modelo que más promueve un equilibrio económico y socioambiental consiste en plantar con responsabilidad, analizando muy bien las condiciones fértiles y las distintas capas del suelo, así como a las poblaciones con las que se comparte el territorio.

El llamado es a que las multinacionales y los dueños de la tierra midan su hambre voraz por posicionarse en el mercado. Es necesario que antes de proceder a plantar, apliquen estrategias de cultivo y cosecha creando un equilibrio que sea replicable.


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