Hace unos meses escribí una pregunta que hoy vuelve a mi cabeza:
¿Qué pasaría si tratáramos la pobreza extrema con la misma urgencia con la que tratamos una emergencia humanitaria?
En ese momento pensaba en las inundaciones que habían afectado a varias comunidades del país. Hoy vuelvo a esa pregunta después del terremoto que golpeó al Chocó.
En ambos casos ocurrió algo que vale la pena reconocer, nos movilizamos.
Personas donando dinero y alimentos. Empresas poniendo recursos. Organizaciones trabajando en terreno. Voluntarios ofreciendo su tiempo. Ciudadanos compartiendo información y preguntando cómo ayudar.
Esa solidaridad es necesaria y profundamente valiosa.
Pero también es corta.
Cuando ocurre una tragedia, durante algunos días somos capaces de poner en el centro del debate nacional territorios que normalmente ocupan la periferia de nuestra atención.
Y después dejamos de mirar.

El terremoto ocurrió en segundos. Las brechas llevan décadas.
El terremoto encontró a Chocó en una situación particularmente vulnerable.
En 2024, el 67,4 % de su población estaba en situación de pobreza monetaria. La pobreza monetaria extrema alcanzaba al 44,9 % y la pobreza multidimensional al 33,9 %.
Dicho de otra manera, antes de esta emergencia, aproximadamente 67 de cada 100 personas en Chocó vivían en pobreza monetaria y 45 de cada 100, en pobreza extrema.
El terremoto no creó estas condiciones.
Las encontró ahí.
Y esa diferencia importa.
Porque si pensamos que el problema comenzó con el terremoto, nuestra respuesta terminará cuando termine la emergencia.
Pero si entendemos que una catástrofe golpea de manera distinta dependiendo de las condiciones que existían antes de que ocurriera, entonces tenemos que hablar también de lo que viene después.
De reconstrucción, pero también de pobreza.
De vivienda, pero también de agua y saneamiento.
De ayuda humanitaria, pero también de energía, conectividad, educación, salud y oportunidades.
En Chocó, la distancia también es desigualdad

Hay otra dimensión de esta emergencia que merece más atención.
Para buena parte de Colombia, hablar de distancia significa hablar de kilómetros de carretera.
En Chocó, muchas veces significa hablar de horas de río.
Los ríos no son solamente parte del paisaje. Son vías de transporte y comunicación. Por ellos se mueven personas, alimentos, materiales y productos. Y por ellos también tiene que moverse buena parte de la ayuda.
Durante estos días hemos comprobado algo aparentemente sencillo: no basta con conseguir una donación. Hay que lograr que llegue.
Eso implica embarcaciones, combustible, coordinación logística, conocimiento del territorio y horas de desplazamiento.
Una ayuda puede haber llegado a Quibdó y todavía estar muy lejos de la familia que finalmente la necesita.
Durante una emergencia esta dificultad se hace evidente porque queremos llevar alimentos, agua, medicamentos o elementos de primera necesidad rápidamente.
Pero cuando las cámaras se van, la geografía permanece.
La misma dificultad que hoy encarece el traslado de una ayuda humanitaria también puede encarecer mañana la llegada de materiales para una escuela, un sistema de agua, infraestructura energética o productos para una actividad económica.
Por eso el aislamiento geográfico no es solamente un problema logístico.
También puede convertirse en una barrera para ejercer derechos y acceder a oportunidades.
La emergencia visible y la emergencia cotidiana
Durante los últimos diez años he trabajado junto a comunidades rurales en diferentes regiones de Colombia buscando soluciones para el acceso a servicios esenciales.
Esa experiencia me ha permitido conocer familias que viven sin electricidad, comunidades donde conseguir agua segura implica grandes esfuerzos y lugares donde una conexión a internet cambia radicalmente las posibilidades de estudiar, trabajar o comunicarse.
Muchas de estas situaciones nunca aparecen en las noticias.
No ocurren en un día específico.
No tienen una fecha que podamos marcar en el calendario como el comienzo de la emergencia.
Simplemente forman parte de la cotidianidad.
Quizás por eso nos cuesta tanto reaccionar frente a ellas.
Un terremoto tiene un momento preciso. Una inundación tiene imágenes capaces de movilizarnos. Un incendio tiene llamas.
La pobreza estructural es diferente.
Sucede lentamente.
Todos los días.
Y quizá esa sea una de las razones por las que hemos normalizado condiciones que, si aparecieran de repente, consideraríamos intolerables.
¿Qué pasa después?
Ahora mismo Chocó necesita ayuda humanitaria.
Eso no está en discusión.
Hay necesidades que no pueden esperar y responder rápidamente es fundamental.
Pero dentro de algunas semanas comenzará una etapa mucho menos visible: la recuperación.
Habrá que reparar y reconstruir viviendas.
Recuperar escuelas.
Restablecer servicios.
Recuperar medios de vida.
Acompañar a las comunidades.
Y después de eso seguirá existiendo un desafío todavía mayor: reducir las vulnerabilidades que estaban presentes antes del terremoto.
Ese proceso probablemente recibirá menos atención.
Porque la reconstrucción rara vez genera la misma movilización que la emergencia.
Y ahí está, para mí, uno de nuestros grandes desafíos.
La solidaridad también necesita permanencia
No creo que tengamos que dejar de reaccionar ante las tragedias. Todo lo contrario.
Necesitamos conservar esa capacidad extraordinaria de movilizarnos rápidamente cuando alguien nos necesita.
Pero podríamos preguntarnos qué pasaría si una parte de esa solidaridad pudiera sobrevivir a la noticia.
Si algunas de las empresas que hoy están haciendo aportes continuaran invirtiendo en el territorio durante los próximos años.
Si las organizaciones que llegan durante la emergencia trabajaran de la mano con las que llevan años en el territorio.
Si los recursos para la reconstrucción no se concentraran únicamente en recuperar lo que había antes, sino también en reducir algunas de las vulnerabilidades que hicieron que el impacto fuera mayor.
Si como ciudadanos siguiéramos preguntando qué pasó con las comunidades afectadas seis meses o un año después.
Tal vez necesitamos ampliar nuestra definición de emergencia.
Porque una familia que pierde el acceso al agua después de un terremoto necesita una respuesta urgente.
Pero una familia que nunca ha tenido acceso a agua segura también enfrenta una situación que debería incomodarnos.
Lo mismo ocurre con la electricidad, el saneamiento, la conectividad o una vivienda digna.
El terremoto hizo que Colombia mirara al Chocó.
La pregunta es cuánto tiempo durará nuestra mirada.
Hace unos meses terminé mi primera reflexión preguntándome cómo podíamos hacer que esa enorme capacidad de solidaridad fuera constante, permanente y escalable.
Hoy añadiría algo:
quizás no se trata solamente de aprender a llegar cuando ocurre una emergencia.
También tenemos que aprender a quedarnos cuando deja de ser noticia.